2019 · 09 · 30

Impunidad sionista: Nada a favor de los palestinos

Luchar con sus propias fuerzas es lo único que creo pueda mantener viva la esperanza palestina de lograr su Estado independiente.

Luchar con sus propias fuerzas es lo único que creo pueda mantener viva la esperanza palestina de lograr su Estado independiente, porque no solo los buenos deseos, declaraciones y protestas contra los abusos al sufrido pueblo pueden hacer desviar los designios del Imperio-sionismo de arrinconar, expulsar y eliminar a los verdaderos dueños de lo que los usurpadores sionistas llaman “la tierra prometida”.

Con el beneplácito de sus aliados occidentales y la reacción árabe, el presidente norteamericano, Donald Trump, tiene un plan para hacer viable “democráticamente” lo antes expuesto, que no es más que el deseo de los dirigentes israelíes de turno, que ha tenido su máxima expresión en Benjamin Netanyahu, cuya iniciativa al respecto se está haciendo cumplir, independientemente de que esté en ascuas su actual mandato de premier, porque quien le pudiera suceder es muy probable que siga la diabólica política.

El artífice del complot contra los palestinos en los actuales momentos no es Trump, sino Netanyahu, quien, con grandes ínfulas, ya había trazado un cambio para peor en la política hacia los palestinos, cuando asumió el Premierato por primer vez en 1996, que mantuvo hasta 1999.

Así se manifestó cuando su partido Likud se opuso al lema “tierras por paz”, emblema que acompañó los comienzos del proceso de paz y que popularizó Simon Pares con su obra, reemplazándolo por el lema “tierras por seguridad”.

Durante la campaña electoral, Netanyahu combinó la política de asentamiento con la política de defensa nacional. La ola de atentados instaló en la sociedad israelí el problema de la seguridad nacional. Teniendo en cuenta los ataques sufridos en las ciudades de Asearon, Jerusalén y Tel Aviv, durante el mes de febrero y marzo de 1996, la protección de los asentamientos se convertía en un plan de “defensa regional”. La inseguridad se convertía en otro factor que demostraba la inviabilidad de los Acuerdos de Oslo y la debilidad del Partido Laborista.

En este sentido, el gobierno de Netanyahu desarrolló una política de asentamiento más ofensiva que la anterior, porque su gestión debía, por cuestiones de tiempo, llevar a cabo las rondas de conversaciones conjuntas con los palestinos, conversaciones decisivas para definir el estatus final en los territorios ocupados, inclusive Jerusalén.

Digno representante de indigno partido

Sin embargo, el gobierno se caracterizó por la inflexibilidad y el pragmatismo. Benjamin Netanyahu, nacido en el seno del Partido Likud, personalizó los preceptos máximos de su partido, a saber: que Israel tiene derecho a gobernar sobre el Gran Jerusalén, que tiene derecho a colonizarla con asentamientos exclusivamente judíos y, que la relación entre Israel y los Estados árabes debe fundarse en la superioridad militar israelí.

Los lineamientos que guiarían al gobierno de Netanyahu quedaron expuestos en su discurso inaugural del 2 de junio de 1996, cuando declaraba: “Mantendremos a Jerusalén unida bajo la soberanía israelí. Lo declaro esta noche en Jerusalén, la eterna capital del pueblo judío, que nunca será dividida”.

La política de asentamiento de Benjamin Netanyahu debe ser analizada como un complemento de la política de asentamiento laborista. Mientras que la obsesión del laborismo se centró en la preservación de la mayoría demográfica judía en los territorios que estaban bajo su poder, el Likud apuntó a crear una mayoría demográfica judía en aquellos territorios donde aún no existía.

La estrategia del Likud fue facilitar la anexión de los territorios ocupados mediante la creación de una realidad geográfica y demográfica que modificara el statu-quo en favor del Estado de Israel. Para el Likud, la apropiación de las tierras por medio de los asentamientos es una actividad que debe realizarse en todas las “tierras de Israel”.

Hasta pocos días antes de entregar el poder, el gobierno del Likud siguió aprobando planes de construcción en aquellas zonas con población judía minoritaria. De esta manera, Netanyahu violaba los compromisos asumidos frente a Bill Clinton de no incrementar el número de viviendas judías en los territorios ocupados después de la firma de Bye Plantación.

Netanyahu tampoco tuvo intenciones de evacuar alguno de los 140 asentamientos o uno de los 261 500 colonos (incluyendo Jerusalén Oriental). Por el contrario, se comprometió a entregar más dinero y tierras para la construcción de nuevos asentamientos y la expansión de los existentes.

El interés de Netanyahu se centró en aplicar la soberanía israelí en el Área C (70% del territorio de Cisjordania y 10% de Gaza) y a evitar la entrega de más tierras a los palestinos. Para Netanyahu, las concesiones de territorios, bajo los redespliegues propuestos por el Acuerdo de Oslo II, no fueron un punto de partida en el proceso de paz, sino que significó el final de la denominada buena voluntad israelí hacia los palestinos.

Al pie de la letra

En su actual mandato, está política ha sido seguida al pie de la letra, con mayor represión contra los palestinos y el incremento del número de colonos, con un cuarto de millón de ellos ya asentados y protegidos militarmente, además de que cuentan con módulos de defensa y llevan a cabo diversas razzias contra los verdaderos dueños de las tierras que ocupan ilegalmente.

Asimismo, en las últimas semanas, con el beneplácito de Trump, Israel determinó anexarse las Alturas de Golán, arrebatadas a Siria en 1967, donde tiene planificado asentar unos 250 000 colonos.

Y todo ocurre ante un mundo impasible, con algunas potencias europeas protestando verbalmente, sin tomar medida alguna, por lo cual el crimen sionista contra los palestinos se sigue efectuando con toda impunidad.

Fuente: Arnaldo Musa / Especial para CubaSí